Me fui. Me alejé de todo. Me reservé mi tiempo, mi espacio,
mi pequeño infierno. Lo estoy perdiendo todo, si es que ya no lo perdí
definitivamente.
Me siento encerrado a cuanta cosa ni soy
conciente. Sé que después me arrepentiré pero ahora no puedo ver, ni quiero.
Quiero deshacerme de todo, aunque a la vez lo lamento perder.
Pero me doy cuenta que estoy solo. Quiero estarlo, pero a la
vez me pudro, me deshago de mí mismo. No entiendo.
Estoy viviendo en una pensión, a pocos kilómetros de mi
ciudad, a escasas dos horas. Es lo más lejos que mi cartera me permitió llegar.
Ya casi no tengo dinero, y dejé allí muchas deudas. Mi currículum por ahora no
ha convencido a nadie; nunca he trabajado y del lugar en el que me postulé no
me han llamado.
El dinero ya casi se me acaba pero no voy a volver; eso no,
y menos en estas condiciones. Les voy a demostrar que aunque duerma debajo de
un puente y coma sobras, no volveré con el rabo entre las piernas. Que prefiero
morir solo, y sin causarles ningún problema. Si me va bien, tampoco se
enterarán; o sí, mejor sí, para que vean que no fui tan idiota como ellos
pensaban.
Aquí hace frío, el lugar es hostil. No hay gas y la verdad
tampoco es muy seguro. Me estoy enfermando.. de mí mismo, creo.
Ya ha de haberse enterado todo el mundo de mi acto de
rebeldía e inmadurez, de que resulté la oveja negra y no ser lo que parecía
ser. Han de decir miles de cosas de mí, hasta las que ni saben. No me importa.
Moriremos todos, ellos y yo, en la ignorancia.
Pero ella… mi alma… mi sueño… mi descanso y mi furia, mi dulzura
y mi sabor agrio, lo mejor y lo peor de mí, la flor más hermosa, que ya se
marchita más a prisa que mi orgullo. La extraño. La extraño mucho. Y la pierdo,
la pierdo cada vez más. En este momento ha de aborrecerme, ha de estar
llorando, furiosa, triste. No sé bien cómo esté, pero sé que no está bien; y yo
soy el culpable.
La pierdo, la perdí, porque se cansó y no la culpo. Yo la
alejé, la desgasté y la absorbí hasta dejarla vacía de amor. Ahora ha de estar
tratando de olvidarme, pensando en cómo alejarse más de mí, aunque ya estemos
lejos. Me temo no volverla a ver nunca más.
Cada día deseo no amanecer, que Dios me perdone y me lleve
más lejos aun; a su presencia. ¿Por qué no morí en el momento del golpe en mi
cabeza? No entiendo. Nada entiendo. Sólo deseo descansar, y aquí y así, no sé
que tanto pueda. Me pregunto qué será del día de mañana, de mi madre, de mi
amada, de mis amigos. Dónde estarán, si estarán y cómo. No lo sé. Espero sigan
allí cuando regrese, y no me digan nada… o simplemente me digan: “Vuelve a
empezar”.
mi pequeño infierno. Lo estoy perdiendo todo, si es que ya no lo perdí
definitivamente.
Me siento encerrado a cuanta cosa ni soy
conciente. Sé que después me arrepentiré pero ahora no puedo ver, ni quiero.
Quiero deshacerme de todo, aunque a la vez lo lamento perder.
Pero me doy cuenta que estoy solo. Quiero estarlo, pero a la
vez me pudro, me deshago de mí mismo. No entiendo.
Estoy viviendo en una pensión, a pocos kilómetros de mi
ciudad, a escasas dos horas. Es lo más lejos que mi cartera me permitió llegar.
Ya casi no tengo dinero, y dejé allí muchas deudas. Mi currículum por ahora no
ha convencido a nadie; nunca he trabajado y del lugar en el que me postulé no
me han llamado.
El dinero ya casi se me acaba pero no voy a volver; eso no,
y menos en estas condiciones. Les voy a demostrar que aunque duerma debajo de
un puente y coma sobras, no volveré con el rabo entre las piernas. Que prefiero
morir solo, y sin causarles ningún problema. Si me va bien, tampoco se
enterarán; o sí, mejor sí, para que vean que no fui tan idiota como ellos
pensaban.
Aquí hace frío, el lugar es hostil. No hay gas y la verdad
tampoco es muy seguro. Me estoy enfermando.. de mí mismo, creo.
Ya ha de haberse enterado todo el mundo de mi acto de
rebeldía e inmadurez, de que resulté la oveja negra y no ser lo que parecía
ser. Han de decir miles de cosas de mí, hasta las que ni saben. No me importa.
Moriremos todos, ellos y yo, en la ignorancia.
Pero ella… mi alma… mi sueño… mi descanso y mi furia, mi dulzura
y mi sabor agrio, lo mejor y lo peor de mí, la flor más hermosa, que ya se
marchita más a prisa que mi orgullo. La extraño. La extraño mucho. Y la pierdo,
la pierdo cada vez más. En este momento ha de aborrecerme, ha de estar
llorando, furiosa, triste. No sé bien cómo esté, pero sé que no está bien; y yo
soy el culpable.
La pierdo, la perdí, porque se cansó y no la culpo. Yo la
alejé, la desgasté y la absorbí hasta dejarla vacía de amor. Ahora ha de estar
tratando de olvidarme, pensando en cómo alejarse más de mí, aunque ya estemos
lejos. Me temo no volverla a ver nunca más.
Cada día deseo no amanecer, que Dios me perdone y me lleve
más lejos aun; a su presencia. ¿Por qué no morí en el momento del golpe en mi
cabeza? No entiendo. Nada entiendo. Sólo deseo descansar, y aquí y así, no sé
que tanto pueda. Me pregunto qué será del día de mañana, de mi madre, de mi
amada, de mis amigos. Dónde estarán, si estarán y cómo. No lo sé. Espero sigan
allí cuando regrese, y no me digan nada… o simplemente me digan: “Vuelve a
empezar”.
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