miércoles, 12 de enero de 2011

Escribiendo desde un cajón (Onésimo expresa su sentir desde la prisión)



Me fui. Me alejé de todo. Me reservé mi tiempo, mi espacio,
mi pequeño infierno. Lo estoy perdiendo todo, si es que ya no lo perdí
definitivamente.

Me siento encerrado a cuanta cosa ni soy
conciente. Sé que después me arrepentiré pero ahora no puedo ver, ni quiero.
Quiero deshacerme de todo, aunque a la vez lo lamento perder.

Pero me doy cuenta que estoy solo. Quiero estarlo, pero a la
vez me pudro, me deshago de mí mismo. No entiendo.

Estoy viviendo en una pensión, a pocos kilómetros de mi
ciudad, a escasas dos horas. Es lo más lejos que mi cartera me permitió llegar.
Ya casi no tengo dinero, y dejé allí muchas deudas. Mi currículum por ahora no
ha convencido a nadie; nunca he trabajado y del lugar en el que me postulé no
me han llamado.

El dinero ya casi se me acaba pero no voy a volver; eso no,
y menos en estas condiciones. Les voy a demostrar que aunque duerma debajo de
un puente y coma sobras, no volveré con el rabo entre las piernas. Que prefiero
morir solo, y sin causarles ningún problema. Si me va bien, tampoco se
enterarán; o sí, mejor sí, para que vean que no fui tan idiota como ellos
pensaban.

Aquí hace frío, el lugar es hostil. No hay gas y la verdad
tampoco es muy seguro. Me estoy enfermando.. de mí mismo, creo.

Ya ha de haberse enterado todo el mundo de mi acto de
rebeldía e inmadurez, de que resulté la oveja negra y no ser lo que parecía
ser. Han de decir miles de cosas de mí, hasta las que ni saben. No me importa.
Moriremos todos, ellos y yo, en la ignorancia.

Pero ella… mi alma… mi sueño… mi descanso y mi furia, mi dulzura
y mi sabor agrio, lo mejor y lo peor de mí, la flor más hermosa, que ya se
marchita más a prisa que mi orgullo. La extraño. La extraño mucho. Y la pierdo,
la pierdo cada vez más. En este momento ha de aborrecerme, ha de estar
llorando, furiosa, triste. No sé bien cómo esté, pero sé que no está bien; y yo
soy el culpable.   

La pierdo, la perdí, porque se cansó y no la culpo. Yo la
alejé, la desgasté y la absorbí hasta dejarla vacía de amor. Ahora ha de estar
tratando de olvidarme, pensando en cómo alejarse más de mí, aunque ya estemos
lejos. Me temo no volverla a ver nunca más.

Cada día deseo no amanecer, que Dios me perdone y me lleve
más lejos aun; a su presencia. ¿Por qué no morí en el momento del golpe en mi
cabeza? No entiendo. Nada entiendo. Sólo deseo descansar, y aquí y así, no sé
que tanto pueda. Me pregunto qué será del día de mañana, de mi madre, de mi
amada, de mis amigos. Dónde estarán, si estarán y cómo. No lo sé. Espero sigan
allí cuando regrese, y no me digan nada… o simplemente me digan: “Vuelve a
empezar”.




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