miércoles, 12 de enero de 2011

¿Cómo saber si Dios existe?-Alberto Sáenz Enríquez

En su obra portentosa Suma Teológica, el más grande teólogo de todos los tiempos, Santo Tomás de Aquino, plantea la existencia de Dios como uno de los preámbulos de la fe, o sea que no propone la existencia del Ser Supremo como una creencia, sino como una realidad demostrable por la razón y la observación del mundo que nos rodea. Pertenecen a la Revelación enseñanzas como la encarnación de Nuestro Señor, la Santísma Trinidad, la Inmaculada Concepción de María Santísima, u otras definiciones de fe; mas la existencia de Dios la reconocemos por medio de nuestras propias facultades en nuestro propio entorno.
Cuando escuchamos decir que “a Dios no lo vemos”, en verdad se trata de que no lo hacemos como cuando miramos a las flores o a los astros, pero si usamos todas nuestras capacidades no es difícil verlo transparentarse al contemplar tras en las cosas, la factura y la firma de su Omnipresencia.

Desde luego, nunca faltan los cortos de espíritu o de sutileza intelectual que gustan de poner “peros” a través de argumentos evolucionistas o cosmológicos que me permitiré mencionar.
Santo Tomás nos señala cinco vías principales de acceso a la existencia de Dios:
a) El origen del movimiento (o la energía).
b) La causalidad.
c) La posibilidad y la necesariedad.
d) La arquetipicidad de los principios.
d) El orden universal.
Primera: Nada se mueve sin ser movido. Un primer impulso motor debe existir por sí mismo, y ese es Dios. Hoy día la mayor parte de los astrónomos saben que todo se originó materialmente de un primer impulso original impropiamente llamado “big bang”, que fue en verdad un “big flash” o un “fiat lux”, donde estuvo concentrada toda la energía presentemente existente.
Los ateos de ayer y de hoy han hablado de un “eterno retorno”, o sea que ese punto infinitesimal que estalló fue antes una inmensidad que se fue contrayendo para luego explotar y, de este modo, el universo se estuvo contrayendo y explotando eternamente.
Esta historieta de ciencia ficción no tomaría en cuenta la entropía, o sea, la explicación dada por la termodinámica de que la energía empleada es irreversible e irrecuperable y no podría estarse reintegrando contra toda evidencia y realidad científica ab aeternum.
Segunda: No hay efecto sin causa, no podemos retrotraer la causalidad sin admitir la existencia de la Causa de las Causas, o sea Dios. Los detractores esgrimen la misma fábula del eterno retorno para desconocer esto, y sostienen como los panteístas que el universo es infinito y eterno.
El gran astrofísico Wilhelm Olbers propuso que si el universo fuese infinito o eterno, no importa cuántas galaxias o “universos paralelos” se quieran inventar, no habría nunca noche pues las luces estarían siempre viniendo del infinito o la eternidad cósmica, y poblarían el firmamento de luminosidad apabullante sin cesar.
Contra esto, los detractores nos hablan de la expansión del universo y la fuga de las galaxias, mas como si se habla de infinitos y  eternidades esto no basta, pueblan el universo de “materia oscura” para oscurecer los argumentos teísticos.
Tercera: Cualquier cosa que existe materialmente depende de otra o de otras para subsistir. Un ser absolutamente necesario hace posibles a todas las realidades. Ese Ser Necesario es Dios.
Para los ateos, las cosas de un modo u otros se posibilitan o se dan existencia unas a otras y nunca salen del embrollo “del huevo y la gallina”.
Cuarta: Esta prueba de Santo Tomás se refiere a las realidades morales o estéticas, lo que hoy llamamos VALORES. Si hablamos de justicia, de bien, de belleza o de cualquier virtud, es porque reconocemos la existencia de un modelo absoluto de referencia o de existencia de esos principios, y eso es lo que llamamos Dios.
Este argumento tiene sus raíces en la filosofía de Platón, y aún el agnóstico Kant que criticó los otros argumentos tomísticos no se atrevió a negar este que es el fundamento de toda ley, de toda justicia y aún de todo  arte y grandeza.
Quinta: Esta es la más poderosa de todas las vías: el orden que prevalece en las leyes de la naturaleza, el principio ordenador y diseñador sin el cual nada tiene sentido: ese es Dios.
Newton, Pasteur, Fabre, Einstein, Heisenberg, Dirac, P. Lecomte Du Nouy, A. C. Morrison, A. Sandage, M. Behe, y todos los más grandes sabios han contemplado a la realidad divina a  través de este argumento y las infinitas formas de ilustrarlo.
Al observar a las aves en sus migraciones nocturnas que se orientan por los astros advirtiendo que llevan los mapas del firmamento inscritos en su ADN; al estudiar cómo las anguilas se adentran al océano y desovan en sus abismos y mueren, y cómo sus diminutas crías regresan a los mismos riachuelos ya americanos o ya europeos de sus progenitores; al comprender cómo cada una de nuestras quinientos mil millones de células es más compleja y perfecta que las computadoras más sofisticadas, y cómo llevan escritos químicamente más datos que todas las enciclopedias del mundo juntas, será verdaderamente increíble que no observemos, claramente, en todo ello la Presencia del Autor y Creador de todas las cosas…

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