sábado, 17 de octubre de 2015

Alma muerta


Hace poco más de cinco meses quedé viuda. Desde entonces, mi cuerpo se ha vuelto una prisión insoportable. He llegado a tener pensamientos suicidas, pero me temo que las opciones detrás de ello no son mejores, que no es ni un sí ni un no; es un no sé vagabundo e infinito. 

Llevábamos juntos dos años y medio. Planeábamos grandes cosas, entre ellas, embarazarnos de una bella criatura. Y así fue, concebí en mi vientre la razón de mi vida, de mi camino y de mi existir, el fruto de nuestro amor, un amor con defectos y debilidades, pero amor al fin.

Poco tiempo después, comenzó la agonía de tan sólo un mes. Él me pedía de comer cosas nada saludables pero yo sabía que aunque no debía, era lo último que podía darle para hacerlo feliz el tiempo que restare su vida. Llevaba enfermo bastante tiempo pero ninguno de los dos le hizo caso a los síntomas. 

Ese mes fue desgastante, creía que no acabaría, que nunca vería el término. Las noches se volvieron días y los días, noches. Comer ni siquiera era una necesidad y el sol nunca calentaba lo suficiente.
Me he sentido culpable, pues por momentos deseaba que descansara en paz de una vez por todas y me dejara descansar a mí también. Su sufrimiento me desconcertaba desde el alba hasta no sé cuándo; el día no tenía término en la osbcuridad. 
Tal era el agobio y la angustia, que no pensaba en quien llevaba en mi vientre. Ahora entiendo que moría de miedo, de qué, no sé, pero intentaba huir de mil cosas, entre ellas, confesarle a él que esperaba un hijo, porque lo esperaría yo sola y pensaba que él se mortificaría más aún.

Debido a su enfermedad, casi no lo veía en la cama, siempre andaba despertándose, moviéndose, caminando de un lugar a otro de la casa y a veces, incluso, fuera de ella. No dormía bien, tenía pesadillas a extremos febriles y sentía frecuentes opresiones en el pecho que no le permitían respirar bien. 
Ya no hacíamos el amor, no íbamos a cenar o al cine, ni salíamos de día de campo con los perros. La vida había cambiado dramáticamente; ni siquiera conversábamos. 

Como esas campanas que sabes que suenan a cada hora mas nunca esperas su sonido, el día llegó. Él se fue y no me pude despedir. Amanecí y ya no estaba, era sólo un bulto de carne sobre el sofá. 
Mi cerebro se congeló, todo mi cuerpo estaba helado y espantada yo hasta lo más intrincado y abandonado de mi espíritu que de vez en cuando percibía que poseía.

En ese momento, me desgarré a su lado y a medida que me despedazaba en llanto desde mi alma y por los ojos, se traducía en sangre y figuras amorfas un feto desde mi útero y por mi vagina. Sentí mi femineidad como golpeándome con un hierro furioso incandescente. 
Mi difunto esposo parecía dormido y yo, toda ensangrentada y en guerra, era el único ser con vida en la sala.

Vacía estoy, vacía soy. 

Desde que él partió perdí el amor por completo, perdí a mi único compañero, al amor de mi vida, al padre de mi hijo y con él, a lo único que hubiera quedado de él. 

Ellos se han ido para siempre: mi único amante y la alegría de vivir que con él se había dado forma en algún lugar de la inmensidad de Dios. Se fueron y desde entonces, quedé errante y sola, sin forma ni color; soy menos que un objeto, no tengo peso ni dimensión. Existo sin ser.

Sólo me quedó un polvoso cuaderno y una pluma que me ha durado por años y cuya tinta no se acaba. Esta pareja me alienta ilusamente a que, de tanto escribir, él volverá a vivir. 

Quizás él no ha muerto, pero yo lo espero y lo añoro como si lo estuviera. 

Puedes pensar que el dolor me tiene enajenada, pero yo he llegado a sentir que el espíritu de un muerto es sin duda alguna, más accesible que algunos corazones que siguen latiendo. 


1 comentario:

Anónimo dijo...

wow, que profundo...palabras que llegan a lo mas hondo