Y sí, en aquel momento habrás pensado, por el poco tiempo que había pasado, que estaba siendo impulsiva, que no sabía lo que decía o por qué lo hacía, y no te culpo, yo hubiera pensado lo mismo.
Viéndome en retrospectiva, creo que, efectivamente, no sabía, sólo seguía mis instintos, algo más fuerte que yo dentro mío me llevó a escribirte esos que parecían arrebatos.
Sé que es difícil creer que en tres meses pudiéramos haber cambiado; después de todo, ¿qué son tres meses cuando se tienen 32 años?
...seguramente más que tres meses cuando se tienen 20.
Lo cierto es que, consciente o no de aquellas verborragias, el instinto no mintió y ahora que me asomo hacia adentro de mi alma y veo que esas palabras aún laten fervorosas, digo con orgullo que aquel mensaje sigue vigente, y que su voz vívida no se ha marchitado, que esos sentimientos resultaron tan ingenuos como imperecederos.
Digo "sentimientos" pero la verdad es que prefiero evitarme esa palabra tan indiscriminadamente explotada (pleonasmo adrede). Antes bien lo llamaría "manifestaciones de mi espíritu", algo que es mucho más profundo e inamovible, ahora puedo ver.
No me gusta hablar de sentimientos porque creo que son como los olores: se evaporan rápidamente. El más delicioso de los perfumes o el hedor más repugnante se pierden en la altura, en el aire, desaparecen, se esfuman.
Lo que siento por ti, amor mío, permanece.
No hay comentarios:
Publicar un comentario