Te estaba esperando.
Tenía que demostrarme a mí misma que no estaba ansiosa, así que me comporté como una dama inglesa.
Miraba el reloj disimuladamente como si fuera de arena, viendo los segundos caer como polvo y mis párpados por el sueño.
Lo malo de seguir viéndote era que perdía la costumbre de olvidarte, entonces me enamoraba y desenamoraba todos los días, conforme ibas y venías.
Llegaste tarde.
No me sirvió.
Sin embargo era una buena amiga.
Pero después de las muestras de arte y de sexo, eso no te convencía.
Ni a mí.
Ahora siento, con este despecho tan absurdo, la desesperada necesidad de comerme una buena milanesa.
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